Un parque empresarial puede parecer, a simple vista, un conjunto de edificios donde la gente va a trabajar. Oficinas, recepciones, ascensores, salas de reuniones y poco más. Solo es necesario cerrar un poco más el foco para descubrir otra realidad.
Cada día, un parque empresarial puede llegar a concentrar a cientos o miles de personas: trabajadores, clientes, proveedores, personal de mantenimiento, repartidores, visitantes… Y alrededor de las oficinas aparecen restaurantes, cafeterías, gimnasios, zonas comunes, aparcamientos, espacios exteriores y lugares donde, en infinidad de ocasiones, también se celebran eventos o actividades.
En realidad, un parque empresarial se parece bastante más a una pequeña ciudad que a un simple edificio de oficinas. Y eso cambia también la manera de entender la prevención.
Una comunidad en movimiento
En una ciudad nadie se plantea la seguridad pensando únicamente en las personas que viven en ella. Se tienen en cuenta también quienes la visitan, quienes trabajan, quienes circulan o quienes simplemente están de paso.
En un parque empresarial ocurre algo parecido. La persona que entra por la mañana a trabajar comparte espacio con alguien que viene a una reunión, con el repartidor que acaba de llegar, con el equipo de limpieza, con un proveedor o con alguien que está comiendo en un restaurante del complejo.
Son personas diferentes, pero durante unas horas forman parte de la misma comunidad. Por eso, hablar de cardioprotección en estos espacios no debería limitarse a la pregunta de cuántos empleados tiene una empresa. También conviene preguntarse cuántas personas utilizan realmente ese entorno y cómo se transitan por él.

La distancia, cuenta
Aquí aparece otro elemento importante: las dimensiones. En una oficina o edificio de oficinas, recorrer un pasillo puede llevar unos segundos. En un parque empresarial, desplazarse desde un edificio hasta otro, llegar desde una zona de restauración al aparcamiento o atravesar una gran área exterior puede requerir bastante más tiempo. Y cuando hablamos de una emergencia cardíaca, el tiempo importa.
La respuesta inicial, la activación de los servicios de emergencia, la reanimación cardiopulmonar y el acceso a un desfibrilador pueden ser determinantes. Por eso, la cardioprotección no consiste simplemente en instalar un equipo y dar el asunto por terminado. También implica pensar dónde está, quién puede acceder a él, cómo está señalizado y si las personas saben que existe.
No se trata de llenar el parque de desfibriladores. Y aquí conviene ser rigurosos: cardioproteger no significa colocar desfibriladores sin criterio por todas partes. Una estrategia adecuada debe tener en cuenta las características del espacio, su distribución, el número y tipo de usuarios, los puntos de mayor concentración de personas, los accesos y los tiempos de desplazamiento.
Porque no todos los metros cuadrados son iguales. Un aparcamiento, un restaurante, una zona deportiva o un edificio de oficinas pueden tener usos y niveles de ocupación muy diferentes. Entender esas particularidades permite diseñar una respuesta más lógica, accesible y eficaz.
La prevención como parte del paisaje
Quizá el objetivo final sea que la cardioprotección deje de parecer algo extraordinario. De la misma manera que asumimos como normal encontrar señalización de emergencia, extintores o sistemas de evacuación en un edificio, contar con una estrategia de cardioprotección debería integrarse progresivamente en la planificación de determinados espacios empresariales.
Porque un buen parque empresarial no es solamente el que tiene buenos edificios, buena conectividad o zonas agradables para trabajar. También es el que está pensado para cuidar de las personas que lo hacen posible.
Y quizá ahí esté la verdadera cuestión: no preguntarnos únicamente “¿por qué debería estar cardioprotegido este parque empresarial?”, sino algo bastante más sencillo: “Si aquí pasa cada día tanta gente, ¿por qué no estamos preparados para cuidar de ella?”.

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